Ella prometió no volver a caer.
Él, no volver a dejarla.
Ambos rompieron algo más que la cama esa noche: ropa, corazones, promesas...
Ella creía ser de acero.
Él, la creía de papel.
Sin embargo, aquella mañana demostró ser de agua. Se deshizo en lágrimas hasta que le dolieron más los ojos que el corazón.
Ella había vuelto a caer.
Y él había vuelto a dejarla.
Rota, como siempre; aunque no sólo por dentro, esta vez.
Aún dudaba qué cicatrices durarían más; las que ella dejó en su espalda, las que él dejó en su escote, o las que ambos dejaron en el orgullo del otro.
Él comprendió demasiado tarde, que no podía vivir sin sus besos.
Y ella demasiado pronto, que sí podía, sin los de nadie.
Hablamos de una reina con corona de plástico, y de un rey vestido de bufón.
Ella rompió muchas camas después de aquella.
Él no quiso volver a tratar una, tan jodidamente bien.
Y cuando casualmente, volvieron a cruzarse en la esquina del fondo de la barra de un bar, se miraron a los ojos, y se resolvieron en una mirada que aún a ambos, de vez en cuando, les sangraba el alma.
No quedaban marcas en la piel, pero aún prevalecían debajo de ella.
Esa noche se lamieron algo más que las heridas, y esta vez, cumplieron las promesas pendientes que no fue necesario pronunciar.
Ella no cayó, en ningún error.
Y él no la dejó, volver a dormir sóla.
L.W.