Sigo lanzando los dados cada vez que te miro de reojo, y siempre acabo cayendo en la casilla que me obliga a volver al principio, como si todo el tablero recorrido no hubiese servido realmente de nada; o al menos, como si tú al devolverme la mirada lo vieses así.
Sabina dijo una vez, que amor se llama el juego en el que un par de ciegos juegan a hacerse daño. Ya he descubierto que mi ceguera era el no querer ver, y que tu punto ciego era ese que se encuentra justo entre los mordiscos en el labio y los besos en el cuello.
Sin embargo, yo no creía estar jugando a nada hasta que me percaté, de que lo único que hacía últimamente, era poner las cartas sobre la mesa. Y aunque yo siempre tenía escalera de color, tú siempre ganabas.
Y acabamos como dos depredadores en plena partida al parchís, tratando de ver quién se comía a quién. Haciendo girar la ruleta del azar y rezando a dioses en los que no creemos porque se pusiera a nuestro favor. Tirando los dardos a una diana con el corazón del otro en el centro. Pegando tiros al aire en una ruleta rusa de la que sabíamos que no saldríamos totalmente vivos ninguno de los dos.
Y ahora que me mudo de tablero, que he perdido las reglas del juego, no sé muy bien si comprendes que aunque yo me he quedado sin vidas, y comodines, eres tú quien me está perdiendo.
L.W.