Aún me cuestiono quién habrá sido el oportuno descuidado al que le debo la gratitud de haberse dejado abiertas las puertas del cielo, el día que tú te escapaste de él. También me pregunto por qué habrá sido esta diabla la afortunada de cruzarse con el destello de tus alas blancas. Hallé un hogar en el fuego de tu pelo y pese a ser de mundos tan distintos, cogidas de la mano nos sentí iguales; como dos piezas de puzle hechas para encajar juntas y dibujar la obra de arte más bonita del mundo, que probablemente se parezca a aquel corazón del vaho del cristal que llevo tatuado en la memoria.
Empezamos tentando a la suerte y las que cayeron fuimos nosotras, pero tumbada a tu costado lo último que quiero es volver a levantarme. Ahora que el atardecer se ha quedado atrapado en el brillo de tus ojos aún mucho después de salir la luna, no quiero dejar de mirarte; aunque vaya en contra de mi naturaleza, aunque la luz queme mis tinieblas, prefiero arder bajo la lumbre de tu sonrisa que helarme alejada de tu abrazo.
Ahora que el limbo está a la espera, que no se sabe si cielo, infierno o tierra; que todo arde y todo se hiela, que solo late lo que tú tienes cerca; ahora que eres vida, muerte, libertad y condena; que no nos retienen ningunas cadenas; que volamos alto, donde las nubes ya no llegan; que estamos solas y lejos de las rejas; que no nos olvidan, los que nos recuerdan; que el mundo al fin gira al son de nuestra letra... Ahora que los besos que no nos robaron nos los regalamos, ahora que la suerte lleva tu apellido, ahora que acierta Cupido, y la luna brilla más al oír nuestro aullido. Ahora que el peligro está extinto, que todo es eterno, que vivimos presente; que los tequiero que digo son más verdaderos y mi amigo el olvido me besa la frente. Sólo necesito tu mano para afrontar todos los acantilados de los mares de poniente.
L.W.