Ella siempre fue una chica de cristal. Brillante, delicada, transparente... De aspecto tan perfecto, pero tan frágil al mismo tiempo.
Él siempre trató de protegerla. Como si fuera su pequeña muñeca de porcelana. Hasta tal punto, que él mismo la rompió. Y pasó lo que pasa con el cristal, que cuando está roto, corta.
Cuando llegó la policía, ya era tarde. Le había cortado tantas veces por tantos sitios, que había perdido la fuerza de vivir. Ella no mostró compasión, si había acabado así había sido por su culpa, por su torpeza, por ser tan descuidado y haberse dejado sorprender. Y se le fue de las manos, literalmente. El impacto contra el suelo fue lo que alertó a los vecinos. Le había descubierto cuidando a otras muñecas, puliéndolas a conciencia como hacía años que no la pulía a ella. Y aunque ante la justicia no era motivo suficiente, para una muñeca rota era buen pie para recomponerse.
L.W.
