miércoles, 16 de diciembre de 2015

Un amanecer en mi ventana

No hay mejor comienzo que el de un amanecer, y no hay mejor amanecer que el que se ve desde la cama, bajo el cobijo de unas sábanas que sabemos que tardaremos en soltar, como aferrándonos a la noche sin comprender cómo el sol tiene la fuerza de levantarse todos los días, tan puntual y tan brillante.

Esos amaneceres que nos saludan perezosamente, difuminados, tras el vapor que se ha formado en la ventana de la habitación por el contraste del invierno que hay dentro con el calor que hay fuera.

O quizá sea al revés...

No estoy segura, supongo que cada uno tiene sus propios inviernos y sus propios veranos cada día. A veces llovemos, nos evaporamos, nos condensamos, e incluso, con el frío suficiente, podemos hasta nevar. Podemos ser tormentas atormentadas por nuestros propios truenos, y soles reconfortados por nuestros propios rayos. Lunas solitarias que reflejan la luz de un mundo que no es el suyo, en torno al que gira sin poder evitarlo; o estrellas, con luz propia, pero que no dejan de ser millones de ellas, sin nada que destacar de ninguna en particular.

Somos tiempo sin espacio. Reducidos al tamaño de un cuerpo humano que trata de cambiar de estación sin descontrolarse mucho, pero al final es inevitable; y tranquilos, eso no es malo. Así nacieron los arcoíris, con sol y lluvia. Y los tornados, con viento y tormenta. Y las mareas, con ese sonido tan característico. Y la brisa. Y el huracán. Y el tsunami.

Somos tiempo.

Y el tiempo, hay que aprovecharlo. Así que mejor, reunir un poco de fuerza, enfocar bien vuestra luz, y levantaros como el sol, cada mañana. Da igual si hay nubes o no, si hace frío o calor. Ya tendréis tiempo de volver a la cama.

L.W.

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