La vio por casualidad, y no volvió a creer en el destino.
No pudo olvidarla. Ahí es cuando ella se volvió inmortal, en su recuerdo, mientras él se moría poco a poco, en su ausencia. Dicen que la curiosidad mató al gato, pero la que desprendía elegancia felina era ella; y ya que lo suyo era más obsesión que curiosidad, no se lo pensó dos veces.
Esa noche definitivamente se creyó muerto, viéndose en la cama con un ángel; pero al despertar sin nadie al otro lado de la almohada, descubrió el infierno en una habitación de hotel.
Un poeta había dado con su musa, y esta había huido con su inspiración.
Sabía que no podía seguir sin ella, y como lo que no mata engorda, pidió el desayuno mientras buscaba su ropa. Encontró el móvil antes que la camisa, y buscó velozmente su número en la agenda. «Diosa» fue su apodo, y en eso se quedó. De nuevo solo en su recuerdo, porque ni le contestó. Agregó al desayuno una copa de vino, y buscó lucidez en el agua fría del baño. Allí lo vio. Grabado en el espejo con el mismo pintalabios que llevaba en el cuello. «Hasta siempre» traía. «Hasta nunca» leyó.
Comenzó una batalla a vida o muerte con su remordimiento. "De algo hay que morir" recapacitó. Había planeado ofrecerle su alma en un diamante bajo el juramento de "hasta que la muerte nos separe", pero ya estaban separados, por lo que supo que llegaba tarde a la cita con la vieja huesuda.
Miró desde el balcón el mundo a sus pies, el mismo que querría haberle dado a ella, y lo recibió con los brazos abiertos, teniendo como último pensamiento la sonrisa que lo había condenado.
L.W.
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