viernes, 3 de junio de 2016

Deconstrucciones de corazón

¿Conocéis la sensación de que os conviertan en ruinas? Seguro que sí. Pues precisamente esa sensación es la que me ha traído hasta aquí, ante este teclado. Intento que el tiempo se pase más rápido, aunque no parece tener ningún efecto. Como las pastillas para no soñar que me prometía Sabina. Y es que cuando alguien se hace un hogar en tu ventrículo izquierdo, suele querer ampliar, haciendo poco a poco de ti su refugio privado. Pero siempre hay ladrones, que intentan llevarse los muebles cuando él está lejos. Y por mucho que intentes evitarlo, cuantas más veces pasa, más difícil resulta.

Duelen las reformas de corazón, por eso intentamos hacer la menor cantidad posible; y en el momento en que alguien parece ir a quedarse, le dejas dolerte, a cambio de que consiga que no vuelva a dolerte nadie más.

El mayor problema es que al principio, inexperta, con el corazón recién terminado de construir y aún sin conocer el escozor de que te derriben las paredes, permites que entre el primer interesado, y te dejas decorar, personalizar, te dejas querer, reformar, y doler. Y cuando ese primer inquilino encuentra un ático en el centro, uno de esos con piernas infinitas que no pide estancia fija, uno de alquiler que no necesita reformar y que puede dejar cuando quiera, te abandona. Pone el cartel de "En venta", con tu propio teléfono para ahorrarse los trámites, y se lleva los marcos con vuestras fotos, las sábanas con su olor, vacía los cajones; y te deja sólo con los recuerdos, con las marcas sin polvo, los armarios sin su ropa, y el sofá con esa mancha cuyo origen jamás olvidarás.

Después de eso, dejar entrar a alguien cuesta tanto como autoreconstruirte, poco a poco, odiándote por haber dejado  que te derruyeran de ese modo, y por dejar que algunos recuerdos lo sigan haciendo mucho tiempo después de que se haya ido. Aquí empezamos con los muros, transformando nuestra pequeña casita de campo en un castillo medieval, con puente, torreones, y todas las armas apuntando a la entrada principal. Y pese a todo, siempre nos queda la ridícula esperanza, de que alguien que valga la pena, encuentre la puerta de atrás.

L.W.

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