jueves, 14 de diciembre de 2017

Me cambia la voz

Es ella.
Siempre ha sido ella.
Me mira, de esa forma tan suya,
como si viera el otro lado del horizonte en mis ojos,
y me cambia la voz.
Me sonríe, con esa naturalidad tan salvaje,
como sonríe un lobo a la luna,
y me cambia la voz.
Me acaricia, con esa descuidada delicadeza,
como quien balancea una copa llena de vino
sin que caiga ni una gota,
y
me cambia
la voz.
Que no es el estirón,
ni que me haya dejado la garganta en la primera fila de un concierto,
ni a los pies de ninguna cama,
ni en la última manifestación antitaurina.
Que no,
que no he empezado a beber leche con miel,
no me he apuntado a ningún coro
ni uso máscara con distorsionador.
Os juro que es algo completamente ajeno a mí
y a mi control,
que es ella,
todo culpa suya.
Porque soy de esas personas
que se nos nota en el brillo de la piel,
en la curva de la sonrisa
y en el tono de voz
cuándo somos jodidamente felices.

L.W.

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