domingo, 11 de diciembre de 2016

El juego de los ciegos

Sigo lanzando los dados cada vez que te miro de reojo, y siempre acabo cayendo en la casilla que me obliga a volver al principio, como si todo el tablero recorrido no hubiese servido realmente de nada; o al menos, como si tú al devolverme la mirada lo vieses así.
Sabina dijo una vez, que amor se llama el juego en el que un par de ciegos juegan a hacerse daño. Ya he descubierto que mi ceguera era el no querer ver, y que tu punto ciego era ese que se encuentra justo entre los mordiscos en el labio y los besos en el cuello.
Sin embargo, yo no creía estar jugando a nada hasta que me percaté, de que lo único que hacía últimamente, era poner las cartas sobre la mesa. Y aunque yo siempre tenía escalera de color, tú siempre ganabas.
Y acabamos como dos depredadores en plena partida al parchís, tratando de ver quién se comía a quién. Haciendo girar la ruleta del azar y rezando a dioses en los que no creemos porque se pusiera a nuestro favor. Tirando los dardos a una diana con el corazón del otro en el centro. Pegando tiros al aire en una ruleta rusa de la que sabíamos que no saldríamos totalmente vivos ninguno de los dos.
Y ahora que me mudo de tablero, que he perdido las reglas del juego, no sé muy bien si comprendes que aunque yo me he quedado sin vidas, y comodines, eres tú quien me está perdiendo.

L.W.

miércoles, 15 de junio de 2016

Fénix

Volvía a estar en el mismo lugar. Como siempre, caí en la trampa de las malas costumbres, es decir, aquellas que me recuerdan a ti. Y allí me hallé, pensándote, rodeada de agua por dentro y por fuera. Ese día me inundó la melancolía y el dolor se me desbordó por los ojos. Sobre mí, nubes de tormenta que tronaban tu ausencia. A mis pies, la subida de la marea que ya alcanzaba mis temblorosas rodillas. Y en mí, la amargura de las lágrimas cuya sal sólo hacía que me ardieran las heridas.

Especialmente recuerdo la angustia de desear ahogarme y no poder. De querer dejar de pensar en todas aquellas personas por las que seguía adelante, volverme de piedra, y hundirme en la fosa marina más profunda del Atlántico. Allí donde no brilla la luz, porque no es necesaria. Donde hay vida desconocida. Donde todo es tan diferente, que incluso podría llegar a estar bien.

Pero entonces me entró arena en las cicatrices, desperté de esa ensoñación en la que me habría quedado a vivir, y me di un fuerte golpe contra la dura realidad. Ojalá haber sido de piedra también en ese momento, y haberme quebrado del todo. No habría tenido que ver cómo las olas me erosionaban poco a poco. Se me estaba quedando una forma de acantilado tan perfecta, que me daban ganas de tirarme desde arriba. Sin embargo esa arenilla que se escapaba de mí, se mezclaba con la sal del océano, y con el agua. Era asombroso ver cómo pasaba de un elemento a otro con tanta facilidad y al mismo tiempo tanto trabajo.

Pronto me vi sumergida en otra dimensión del mismo mundo. Vi vida, vi fuerza, vi inmensidad... Y vi una solead y un vacío tan eternos, que comencé a sentir frío. Deseaba dejarme caer hasta el fondo, pero finalmente el instinto de supervivencia me llevó a la superficie, bajo la influencia del sol. La calidez de sus rayos me alcanzaba con la suavidad y la persistencia de una cocción a fuego lento, hasta que comenzó a surtir efecto, y me hice vapor. Flotaba en el aire como si ni siquiera existiese, y sonaba tan bien esa posibilidad... Que me dejé deshacer por las corrientes del cielo, y acabé siendo viento.

Dancé al rededor de todo el mundo, elevando más vestidos de los que jamás me podré probar, meciendo cortinas de casas que tenían más historias de las que podría llegar a contar, perdiéndome entre cabellos, cortándome entre besos y cuerpos, acariciando pieles de tantas texturas y tonalidades que me percaté de lo infinito que es el universo, aun dentro tan sólo de uno de sus mundos.

Y siendo viento, siendo voz, siendo alientos (últimos y primeros)... Llegué a lo más alto, y desde ahí me quedaban dos opciones: convertirme en vacío y perderme en el espacio, o ir en picado hacia abajo. Decidí lo segundo. Tras haber visto tanto, sólo había logrado comprender que me quedaba demasiado por conocer.

Caí con una velocidad imposible, y aun así, seguía flotando. Siendo aire volé, y me precipité como una piedra, y caí en un lugar donde me exigían, acudí a una llamada que me llevó a acabar entre llamas. Una hoguera, un incendio, una chimenea... Todo fuego necesita aire, oxígeno para respirar y crecer. Y así, fui un respiro de una lengua ardiente, que me consumió y me convirtió en eso, en más fuego, y aun atada a la tierra, volaba y ascendía, y me ondeaba y bailaba, pero destruía todo aquello que tocaba. Todo aquello que alguna vez fui. Hasta que yo misma acabé siendo consumida por mi propio poder, hasta quedar en una chispa que cayó sobre las cenizas, y se convirtió en otra de ellas.

Siendo pequeño, todo parece más grande. Y desde el suelo, cualquier edificio parece alcanzar el cielo. Y mi deseo por volver a arriba, fue lo que me hizo arder. No vino nadie a alzarme, ni un sólo ser se detuvo a contemplar los restos de lo que ya no iluminaba, ni ardía, ni quemaba. Sin embargo yo conservaba todo ese fuego dentro, yo aún notaba el calor en mi interior, y me forcé tanto a sacarlo al exterior, que creció, y brotó, como la primera flor de la primavera.

Y firme como la tierra, llena de vida como el agua, efímera como el aire y ardiente como el fuego, me alcé de entre las cenizas. Un ser alado, con la fuerza de la vida en las lágrimas, cálido y vivaz. Y aun sóla de nuevo, volé hasta aquella playa, y abrí los ojos, y sin haberme movido un palmo, la marea ya bajaba, y la tormenta cesaba, y mis lágrimas se secaban en mis mejillas. Resurgí de mis propias cenizas, y curadas cicatrices y heridas, volví a recordarte. Y esta vez, ya no dolía.

L.W.

viernes, 3 de junio de 2016

Deconstrucciones de corazón

¿Conocéis la sensación de que os conviertan en ruinas? Seguro que sí. Pues precisamente esa sensación es la que me ha traído hasta aquí, ante este teclado. Intento que el tiempo se pase más rápido, aunque no parece tener ningún efecto. Como las pastillas para no soñar que me prometía Sabina. Y es que cuando alguien se hace un hogar en tu ventrículo izquierdo, suele querer ampliar, haciendo poco a poco de ti su refugio privado. Pero siempre hay ladrones, que intentan llevarse los muebles cuando él está lejos. Y por mucho que intentes evitarlo, cuantas más veces pasa, más difícil resulta.

Duelen las reformas de corazón, por eso intentamos hacer la menor cantidad posible; y en el momento en que alguien parece ir a quedarse, le dejas dolerte, a cambio de que consiga que no vuelva a dolerte nadie más.

El mayor problema es que al principio, inexperta, con el corazón recién terminado de construir y aún sin conocer el escozor de que te derriben las paredes, permites que entre el primer interesado, y te dejas decorar, personalizar, te dejas querer, reformar, y doler. Y cuando ese primer inquilino encuentra un ático en el centro, uno de esos con piernas infinitas que no pide estancia fija, uno de alquiler que no necesita reformar y que puede dejar cuando quiera, te abandona. Pone el cartel de "En venta", con tu propio teléfono para ahorrarse los trámites, y se lleva los marcos con vuestras fotos, las sábanas con su olor, vacía los cajones; y te deja sólo con los recuerdos, con las marcas sin polvo, los armarios sin su ropa, y el sofá con esa mancha cuyo origen jamás olvidarás.

Después de eso, dejar entrar a alguien cuesta tanto como autoreconstruirte, poco a poco, odiándote por haber dejado  que te derruyeran de ese modo, y por dejar que algunos recuerdos lo sigan haciendo mucho tiempo después de que se haya ido. Aquí empezamos con los muros, transformando nuestra pequeña casita de campo en un castillo medieval, con puente, torreones, y todas las armas apuntando a la entrada principal. Y pese a todo, siempre nos queda la ridícula esperanza, de que alguien que valga la pena, encuentre la puerta de atrás.

L.W.

martes, 31 de mayo de 2016

Promesas pendientes

Ella prometió no volver a caer.
Él, no volver a dejarla.
Ambos rompieron algo más que la cama esa noche: ropa, corazones, promesas...

Ella creía ser de acero.
Él, la creía de papel.
Sin embargo, aquella mañana demostró ser de agua. Se deshizo en lágrimas hasta que le dolieron más los ojos que el corazón.

Ella había vuelto a caer.
Y él había vuelto a dejarla.
Rota, como siempre; aunque no sólo por dentro, esta vez.
Aún dudaba qué cicatrices durarían más; las que ella dejó en su espalda, las que él dejó en su escote, o las que ambos dejaron en el orgullo del otro.

Él comprendió demasiado tarde, que no podía vivir sin sus besos.
Y ella demasiado pronto, que sí podía, sin los de nadie.
Hablamos de una reina con corona de plástico, y de un rey vestido de bufón.

Ella rompió muchas camas después de aquella.
Él no quiso volver a tratar una, tan jodidamente bien.
Y cuando casualmente, volvieron a cruzarse en la esquina del fondo de la barra de un bar, se miraron a los ojos, y se resolvieron en una mirada que aún a ambos, de vez en cuando, les sangraba el alma.
No quedaban marcas en la piel, pero aún prevalecían debajo de ella.

Esa noche se lamieron algo más que las heridas, y esta vez, cumplieron las promesas pendientes que no fue necesario pronunciar.
Ella no cayó, en ningún error.
Y él no la dejó, volver a dormir sóla.

L.W.

domingo, 31 de enero de 2016

La condena de las musas

La vio por casualidad, y no volvió a creer en el destino.

No pudo olvidarla. Ahí es cuando ella se volvió inmortal, en su recuerdo, mientras él se moría poco a poco, en su ausencia. Dicen que la curiosidad mató al gato, pero la que desprendía elegancia felina era ella; y ya que lo suyo era más obsesión que curiosidad, no se lo pensó dos veces.

Esa noche definitivamente se creyó muerto, viéndose en la cama con un ángel; pero al despertar sin nadie al otro lado de la almohada, descubrió el infierno en una habitación de hotel.

Un poeta había dado con su musa, y esta había huido con su inspiración.

Sabía que no podía seguir sin ella, y como lo que no mata engorda, pidió el desayuno mientras buscaba su ropa. Encontró el móvil antes que la camisa, y buscó velozmente su número en la agenda. «Diosa» fue su apodo, y en eso se quedó. De nuevo solo en su recuerdo, porque ni le contestó. Agregó al desayuno una copa de vino, y buscó lucidez en el agua fría del baño. Allí lo vio. Grabado en el espejo con el mismo pintalabios que llevaba en el cuello. «Hasta siempre» traía. «Hasta nunca» leyó.

Comenzó una batalla a vida o muerte con su remordimiento. "De algo hay que morir" recapacitó. Había planeado ofrecerle su alma en un diamante bajo el juramento de "hasta que la muerte nos separe", pero ya estaban separados, por lo que supo que llegaba tarde a la cita con la vieja huesuda.

Miró desde el balcón el mundo a sus pies, el mismo que querría haberle dado a ella, y lo recibió con los brazos abiertos, teniendo como último pensamiento la sonrisa que lo había condenado.

L.W.