La vio por casualidad, y no volvió a creer en el destino.
No pudo olvidarla. Ahí es cuando ella se volvió inmortal, en su recuerdo, mientras él se moría poco a poco, en su ausencia. Dicen que la curiosidad mató al gato, pero la que desprendía elegancia felina era ella; y ya que lo suyo era más obsesión que curiosidad, no se lo pensó dos veces.
Esa noche definitivamente se creyó muerto, viéndose en la cama con un ángel; pero al despertar sin nadie al otro lado de la almohada, descubrió el infierno en una habitación de hotel.
Un poeta había dado con su musa, y esta había huido con su inspiración.
Sabía que no podía seguir sin ella, y como lo que no mata engorda, pidió el desayuno mientras buscaba su ropa. Encontró el móvil antes que la camisa, y buscó velozmente su número en la agenda. «Diosa» fue su apodo, y en eso se quedó. De nuevo solo en su recuerdo, porque ni le contestó. Agregó al desayuno una copa de vino, y buscó lucidez en el agua fría del baño. Allí lo vio. Grabado en el espejo con el mismo pintalabios que llevaba en el cuello. «Hasta siempre» traía. «Hasta nunca» leyó.
Comenzó una batalla a vida o muerte con su remordimiento. "De algo hay que morir" recapacitó. Había planeado ofrecerle su alma en un diamante bajo el juramento de "hasta que la muerte nos separe", pero ya estaban separados, por lo que supo que llegaba tarde a la cita con la vieja huesuda.
Miró desde el balcón el mundo a sus pies, el mismo que querría haberle dado a ella, y lo recibió con los brazos abiertos, teniendo como último pensamiento la sonrisa que lo había condenado.
L.W.
domingo, 31 de enero de 2016
miércoles, 23 de diciembre de 2015
Trozos de cristal
Ella siempre fue una chica de cristal. Brillante, delicada, transparente... De aspecto tan perfecto, pero tan frágil al mismo tiempo.
Él siempre trató de protegerla. Como si fuera su pequeña muñeca de porcelana. Hasta tal punto, que él mismo la rompió. Y pasó lo que pasa con el cristal, que cuando está roto, corta.
Cuando llegó la policía, ya era tarde. Le había cortado tantas veces por tantos sitios, que había perdido la fuerza de vivir. Ella no mostró compasión, si había acabado así había sido por su culpa, por su torpeza, por ser tan descuidado y haberse dejado sorprender. Y se le fue de las manos, literalmente. El impacto contra el suelo fue lo que alertó a los vecinos. Le había descubierto cuidando a otras muñecas, puliéndolas a conciencia como hacía años que no la pulía a ella. Y aunque ante la justicia no era motivo suficiente, para una muñeca rota era buen pie para recomponerse.
L.W.
miércoles, 16 de diciembre de 2015
Un amanecer en mi ventana
No hay mejor comienzo que el de un amanecer, y no hay mejor amanecer que el que se ve desde la cama, bajo el cobijo de unas sábanas que sabemos que tardaremos en soltar, como aferrándonos a la noche sin comprender cómo el sol tiene la fuerza de levantarse todos los días, tan puntual y tan brillante.
Esos amaneceres que nos saludan perezosamente, difuminados, tras el vapor que se ha formado en la ventana de la habitación por el contraste del invierno que hay dentro con el calor que hay fuera.
O quizá sea al revés...
No estoy segura, supongo que cada uno tiene sus propios inviernos y sus propios veranos cada día. A veces llovemos, nos evaporamos, nos condensamos, e incluso, con el frío suficiente, podemos hasta nevar. Podemos ser tormentas atormentadas por nuestros propios truenos, y soles reconfortados por nuestros propios rayos. Lunas solitarias que reflejan la luz de un mundo que no es el suyo, en torno al que gira sin poder evitarlo; o estrellas, con luz propia, pero que no dejan de ser millones de ellas, sin nada que destacar de ninguna en particular.
Somos tiempo sin espacio. Reducidos al tamaño de un cuerpo humano que trata de cambiar de estación sin descontrolarse mucho, pero al final es inevitable; y tranquilos, eso no es malo. Así nacieron los arcoíris, con sol y lluvia. Y los tornados, con viento y tormenta. Y las mareas, con ese sonido tan característico. Y la brisa. Y el huracán. Y el tsunami.
Somos tiempo.
Y el tiempo, hay que aprovecharlo. Así que mejor, reunir un poco de fuerza, enfocar bien vuestra luz, y levantaros como el sol, cada mañana. Da igual si hay nubes o no, si hace frío o calor. Ya tendréis tiempo de volver a la cama.
L.W.
Esos amaneceres que nos saludan perezosamente, difuminados, tras el vapor que se ha formado en la ventana de la habitación por el contraste del invierno que hay dentro con el calor que hay fuera.O quizá sea al revés...
No estoy segura, supongo que cada uno tiene sus propios inviernos y sus propios veranos cada día. A veces llovemos, nos evaporamos, nos condensamos, e incluso, con el frío suficiente, podemos hasta nevar. Podemos ser tormentas atormentadas por nuestros propios truenos, y soles reconfortados por nuestros propios rayos. Lunas solitarias que reflejan la luz de un mundo que no es el suyo, en torno al que gira sin poder evitarlo; o estrellas, con luz propia, pero que no dejan de ser millones de ellas, sin nada que destacar de ninguna en particular.
Somos tiempo sin espacio. Reducidos al tamaño de un cuerpo humano que trata de cambiar de estación sin descontrolarse mucho, pero al final es inevitable; y tranquilos, eso no es malo. Así nacieron los arcoíris, con sol y lluvia. Y los tornados, con viento y tormenta. Y las mareas, con ese sonido tan característico. Y la brisa. Y el huracán. Y el tsunami.
Somos tiempo.
Y el tiempo, hay que aprovecharlo. Así que mejor, reunir un poco de fuerza, enfocar bien vuestra luz, y levantaros como el sol, cada mañana. Da igual si hay nubes o no, si hace frío o calor. Ya tendréis tiempo de volver a la cama.
L.W.
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